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El vaciadero no tiene parecido. Creció de lo que se tira, de lo que se pudre. Fue una mañana que le apareció al paraje el carro desvencijado, cinchado por dos tungos flacos. Y le sucedieron otros. Y otros. A la basura de todos los días se le sumó la ceniza de los hornos. Junto con la aparición de los carromatos, brotaron los cirujas y se inventaron el oficio. Los cirujas son la otra basura. Entrampados al predio se han hecho destino. Y a ese oficio el padre arrastró al hijo y a la mujer. Familias enteras se dan a esa tarea de la búsqueda del objeto que a los otros no sirven. De eso extraen la cuota de todos los días. A costa de estos miserables, más que resignados, entregados, hay quien se ha enriquecido. En este ambiente que es mugre, los millonarios le han agregado la otra suciedad. La de su codicia sin fondo y sin orillas. A costa del hambre del otro se han inaugurado su propio apetito. A expensas de la miseria de aquéllos, éstos, llegaron a amasar increíbles fortunas. En el vaciadero, los cirujas viven atrincherados. Allí han fundado su mundo y su vida. Han caído una vez al vaciadero y no han podido irse más. Y allí están. Como otra basura. Tratando de encontrar en el alcohol la manera de escapar. De dejar de ser. Cualquier futileza arma, en cualquier instante, la mano. Desde la piedra al trozo de fierro, al pedazo de palo y a veces el cuchillo y a veces la bala. El crimen se borra en la ciénaga. La sociedad no reclama por estas vidas ignoradas. En el vaciadero ocurren todas las cosas que fuera del vaciadero no interesan y menos aún conmueven. Julián Centeya

EL VACIADERO - JULIAN CENTEYA

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El vaciadero no tiene parecido. Creció de lo que se tira, de lo que se pudre. Fue una mañana que le apareció al paraje el carro desvencijado, cinchado por dos tungos flacos. Y le sucedieron otros. Y otros. A la basura de todos los días se le sumó la ceniza de los hornos. Junto con la aparición de los carromatos, brotaron los cirujas y se inventaron el oficio. Los cirujas son la otra basura. Entrampados al predio se han hecho destino. Y a ese oficio el padre arrastró al hijo y a la mujer. Familias enteras se dan a esa tarea de la búsqueda del objeto que a los otros no sirven. De eso extraen la cuota de todos los días. A costa de estos miserables, más que resignados, entregados, hay quien se ha enriquecido. En este ambiente que es mugre, los millonarios le han agregado la otra suciedad. La de su codicia sin fondo y sin orillas. A costa del hambre del otro se han inaugurado su propio apetito. A expensas de la miseria de aquéllos, éstos, llegaron a amasar increíbles fortunas. En el vaciadero, los cirujas viven atrincherados. Allí han fundado su mundo y su vida. Han caído una vez al vaciadero y no han podido irse más. Y allí están. Como otra basura. Tratando de encontrar en el alcohol la manera de escapar. De dejar de ser. Cualquier futileza arma, en cualquier instante, la mano. Desde la piedra al trozo de fierro, al pedazo de palo y a veces el cuchillo y a veces la bala. El crimen se borra en la ciénaga. La sociedad no reclama por estas vidas ignoradas. En el vaciadero ocurren todas las cosas que fuera del vaciadero no interesan y menos aún conmueven. Julián Centeya