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FRAGMENTO DE UNOS DE LOS CUENTOS:

 

Guanaco seco

1

Esta tarde me enteré de que había micrófono abierto para leer poesía en 990. Me bañé y arranqué desde mi casa subiendo por el costado del río. En el camino tuve tiempo de ensayar recitando en voz alta. Leí mi poema sobre los chicos del colegio que se caen al lago y mueren abrazados, y después leí el del tipo que se corta el pito y lo guarda bajo su almohada.

Cuando terminé de leer un auditorio lleno de gente inventada se levantó de sus sillas y rompió en aplausos. Al menos en mi mente, pensé, la gente me ama.

Apenas llegué fui derecho a comprarme un vino. De tanto leer ya me picaba la garganta.

—Con poco hielo —le dije a la chica detrás de la barra.

Ella sacó del vaso el hielo de más arriba y lo devolvió a la bolsa. Se dio la vuelta y me sonrió sin ganas.

Después me senté solo, bien al fondo, frente a los baños. A partir de ahora es tomar sin miedo, me dije. Espero que no se me apague la tele antes de poder leer algo.

A veces me preocupa que la gente crea que me hago el interesante. ¿Qué hace ahí sentado, solo, quién se cree? La verdad es que no quiero llamar la atención, ni para bien, ni para mal. Más que nada quiero estar tranquilo, ver lo que hay que ver, copiar ideas, leer lo mío y después volver a mi casa sin que me roben en el camino.

Tengo un amigo que cree que soy autista. “Capaz no del todo, pero algo de eso tiene que haber ahí adentro”, me dice. Supongo que nunca lo voy a saber, porque nunca voy a ir al psicólogo, pero si fuera cierto seguro tendría que ver con la edad en que me tuvo mi vieja. Es que no sé si a los cuarenta y siete es buena idea andar con la panza llena de huesos.

Al rato saqué el celular y abrí el chat de WhatsApp que tengo conmigo. Fui tomando notas, no sé bien para qué. Supongo que para pasar el tiempo. Anoté las manchas de humedad en el techo, los cajones de cerveza amontonados al lado de la barra, a un perrito orejudo que daba vueltas oliendo piernas, las pinturas en las paredes, el escenario y los reflectores, la luz verde debajo de la puerta del baño, un charco de algo, las bicis estacionadas y unos chulengos que alguna vez habrán asado carne en mejores épocas, cuando el asado era más barato.

 

Después salí a fumar y en el callejón me encontré unos cráneos de vaca que no había visto antes. Estaban clavados en un tronco. Me miraron con sus ojos negros, desojados, encajados en el hueso blanco.

Yo pensé que esta iba a ser una noche como cualquier otra. Sin anécdotas ni cosas raras. La culpa la tuvo la chica vestida de payaso. Qué ideas que tiene la gente. Se subió al escenario con esos zancos que te alargan las piernas. Estaba parada a más de dos metros del suelo. ¿Cuál es la necesidad de llegar tan arriba?

Desde esa altura hizo una rutina de stand up. Chistes sobre viajar haciendo dedo y dormir en carpa. El público se reía con ganas.

Cuando terminó de hacer lo suyo se dio cuenta de que no sabía cómo volver al suelo. Era todo parte de su acto, por supuesto, pero la gracia no estaba libre de riesgo. Parecía cierto que no tenía forma de bajarse por sus propios medios.

De entre todas las personas del público me miró a mí, justo a mí, y me pidió que suba al escenario a ayudarla. “Vamos a hacer un ejercicio de fe”, me dijo. “Yo me voy a tirar para atrás y vos me vas a agarrar. ¿Estamos de acuerdo?”. Yo la miré hacia arriba intentando calcular su peso. “A ver, hacé así”, me dijo flexionando su brazo y sacando músculo. “¿Hay fuerza en ese brazo?”, preguntó en voz alta. La gente se rio, pero yo no repetí el gesto. Creo que en ese momento empezó a desconfiar. Me miró por un instante con el ceño fruncido y decidió llamar a otra persona como refuerzo. Hizo subir a una chica rubia que estaba vestida con pantalón de vestir, saco negro y camisa blanca.

“Agarrensé de las manos, bien fuerte”, nos dijo. “Yo me voy a tirar hacia atrás y entre los dos me van a ayudar para que no me caiga”. La chica rubia y yo nos miramos.

—Va a salir todo bien —le dije mientras nos agarramos los brazos.

Tenía los brazos muy finos y suaves, pero la piel áspera en las manos. Sin soltarnos nos movimos por el escenario calculando el lugar exacto de la caída. La payasa cambiaba de lugar mientras hablaba. Teníamos que seguirla, corrigiendo nuestros cálculos de a pequeños pasos.

El sonidista puso entonces un redoble de tambores.

—¿Y si la dejamos caer? —me preguntó la chica rubia sonriendo.

Yo hice que no con la cabeza, varias veces. No estaba seguro si era una broma o hablaba en serio. Por las dudas la agarré con más fuerza.

—Qué aburrido —me dijo y me sacó la lengua.

La payasa contó tres, dos, uno, y se dejó caer hacia atrás. Aterrizó en nuestras manos, sin problemas. Era más liviana de lo que me había imaginado.

En ese momento, a treinta centímetros de mi cara, la chica rubia juntó los labios y me tiró un beso. Yo me quedé paralizado, como si estuviera en peligro.

—Che ustedes… —nos llamó la payasa, esta vez desde abajo—. Me tienen que dejar en el suelo en algún momento…

2

 

Cuando la payasa ya estuvo de pie sin los zancos le pidió al público que nos diera un aplauso. Nosotros nos bajamos del escenario y nos sentamos juntos sin hablarnos. No se me ocurría nada mejor que el silencio. Fue ella la que activó, por suerte. Sacó un porro de su campera y me preguntó si quería ir a fumar afuera.

Salimos y mientras prendía me preguntó si escribía, si tenía pensado subir a leer algo.

—Escribo, pero no voy a leer —respondí negando con la cabeza—. Lo acabo de decidir ahora…

—Son raros estos eventos de poesía… Son como… Incómodos —me dijo.

—A mí me parece que no tengo lo que hace falta, no tengo un acto… Como la chica de recién…  Me pasa siempre lo mismo. Voy a los eventos, leo mis cosas y creo que no le gusto a la gente, al final nadie aplaude…

—¿Y eso qué tiene? ¿Vos escribís por los aplausos? —me preguntó pasándome el faso.

—No… No es eso… —me quejé—. Pero igual duele un poco…

Hice una seca y miré para adentro a través de la puerta. Ya había alguien en el escenario, parado frente al micrófono, recitando con el celular en la mano.

—¿Y vos? ¿Vas a leer algo? —le pregunté.

—Tampoco… —contestó—. Lo acabo de decidir ahora…

Le devolví el faso y ella se puso a dibujar algo en el aire con la punta prendida y el humo que soltaba.

—¿Se entiende que es? —me preguntó.

—¿Unas letras?

—Nop…

—¿Un árbol?

—Tampoco…

—Ni idea…

—Es tu cara, sonso. ¿No ves?

—Ah, no había entendido… —contesté mirando el lugar en el aire en donde flotaba el dibujo imaginario.

Ella sacó entonces el encendedor del bolsillo de su pantalón, lo levantó y lo encendió debajo de donde supuestamente estaba mi cara.

—¿Sentís algo?

—No siento nada —le respondí.

—Qué suerte… —agregó en voz baja.

 

Ella guardó el encendedor de nuevo en el pantalón y se sentó a mi lado en la vereda. Apoyó la cabeza en mi hombro y me dijo:

—Es horrible sentir demasiado… 

Después de eso nos quedamos callados. Yo me incliné un poco para sentir su pelo. Desde adentro nos llegaba la voz lejana de una poeta anónima frente al micrófono. El callejón estaba vacío excepto por nosotros y los dos cráneos de vaca que apuntaban sus ojos vacíos hacia arriba, a la luna cortada al medio.

—Me gusta que sea un momento incómodo… Igual… —le dije después de un rato—. Leer en voz alta, al frente del público… No sé… A veces los momentos incómodos valen la pena…

Ella levantó la cara. Debajo de la nariz le noté una cicatriz que le estiraba el labio hacia arriba. En ese momento intenté darle un beso, pero ella me puso la mano en el pecho y me alejó despacio.

—Perdón… —le dije.

Ella negó con la cabeza. Hizo una seca profunda del faso y me largó el humo en la cara.

—¿Qué pensás de ese momento?… ¿Fue incómodo?  —me preguntó.  

Yo contesté poniéndole la mano en la pierna. Bastante arriba de la rodilla. Pasamos un rato largo en silencio y empecé a pensar que tal vez le estaba dando miedo. Iba a sacar la mano y preguntarle si quería ir adentro cuando me dijo:

—Ahora que ninguno de los dos va a leer ¿No me acompañás a la terminal? Se me está por pasar el último colectivo.

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Guanaco seco

1

Esta tarde me enteré de que había micrófono abierto para leer poesía en 990. Me bañé y arranqué desde mi casa subiendo por el costado del río. En el camino tuve tiempo de ensayar recitando en voz alta. Leí mi poema sobre los chicos del colegio que se caen al lago y mueren abrazados, y después leí el del tipo que se corta el pito y lo guarda bajo su almohada.

Cuando terminé de leer un auditorio lleno de gente inventada se levantó de sus sillas y rompió en aplausos. Al menos en mi mente, pensé, la gente me ama.

Apenas llegué fui derecho a comprarme un vino. De tanto leer ya me picaba la garganta.

—Con poco hielo —le dije a la chica detrás de la barra.

Ella sacó del vaso el hielo de más arriba y lo devolvió a la bolsa. Se dio la vuelta y me sonrió sin ganas.

Después me senté solo, bien al fondo, frente a los baños. A partir de ahora es tomar sin miedo, me dije. Espero que no se me apague la tele antes de poder leer algo.

A veces me preocupa que la gente crea que me hago el interesante. ¿Qué hace ahí sentado, solo, quién se cree? La verdad es que no quiero llamar la atención, ni para bien, ni para mal. Más que nada quiero estar tranquilo, ver lo que hay que ver, copiar ideas, leer lo mío y después volver a mi casa sin que me roben en el camino.

Tengo un amigo que cree que soy autista. “Capaz no del todo, pero algo de eso tiene que haber ahí adentro”, me dice. Supongo que nunca lo voy a saber, porque nunca voy a ir al psicólogo, pero si fuera cierto seguro tendría que ver con la edad en que me tuvo mi vieja. Es que no sé si a los cuarenta y siete es buena idea andar con la panza llena de huesos.

Al rato saqué el celular y abrí el chat de WhatsApp que tengo conmigo. Fui tomando notas, no sé bien para qué. Supongo que para pasar el tiempo. Anoté las manchas de humedad en el techo, los cajones de cerveza amontonados al lado de la barra, a un perrito orejudo que daba vueltas oliendo piernas, las pinturas en las paredes, el escenario y los reflectores, la luz verde debajo de la puerta del baño, un charco de algo, las bicis estacionadas y unos chulengos que alguna vez habrán asado carne en mejores épocas, cuando el asado era más barato.

 

Después salí a fumar y en el callejón me encontré unos cráneos de vaca que no había visto antes. Estaban clavados en un tronco. Me miraron con sus ojos negros, desojados, encajados en el hueso blanco.

Yo pensé que esta iba a ser una noche como cualquier otra. Sin anécdotas ni cosas raras. La culpa la tuvo la chica vestida de payaso. Qué ideas que tiene la gente. Se subió al escenario con esos zancos que te alargan las piernas. Estaba parada a más de dos metros del suelo. ¿Cuál es la necesidad de llegar tan arriba?

Desde esa altura hizo una rutina de stand up. Chistes sobre viajar haciendo dedo y dormir en carpa. El público se reía con ganas.

Cuando terminó de hacer lo suyo se dio cuenta de que no sabía cómo volver al suelo. Era todo parte de su acto, por supuesto, pero la gracia no estaba libre de riesgo. Parecía cierto que no tenía forma de bajarse por sus propios medios.

De entre todas las personas del público me miró a mí, justo a mí, y me pidió que suba al escenario a ayudarla. “Vamos a hacer un ejercicio de fe”, me dijo. “Yo me voy a tirar para atrás y vos me vas a agarrar. ¿Estamos de acuerdo?”. Yo la miré hacia arriba intentando calcular su peso. “A ver, hacé así”, me dijo flexionando su brazo y sacando músculo. “¿Hay fuerza en ese brazo?”, preguntó en voz alta. La gente se rio, pero yo no repetí el gesto. Creo que en ese momento empezó a desconfiar. Me miró por un instante con el ceño fruncido y decidió llamar a otra persona como refuerzo. Hizo subir a una chica rubia que estaba vestida con pantalón de vestir, saco negro y camisa blanca.

“Agarrensé de las manos, bien fuerte”, nos dijo. “Yo me voy a tirar hacia atrás y entre los dos me van a ayudar para que no me caiga”. La chica rubia y yo nos miramos.

—Va a salir todo bien —le dije mientras nos agarramos los brazos.

Tenía los brazos muy finos y suaves, pero la piel áspera en las manos. Sin soltarnos nos movimos por el escenario calculando el lugar exacto de la caída. La payasa cambiaba de lugar mientras hablaba. Teníamos que seguirla, corrigiendo nuestros cálculos de a pequeños pasos.

El sonidista puso entonces un redoble de tambores.

—¿Y si la dejamos caer? —me preguntó la chica rubia sonriendo.

Yo hice que no con la cabeza, varias veces. No estaba seguro si era una broma o hablaba en serio. Por las dudas la agarré con más fuerza.

—Qué aburrido —me dijo y me sacó la lengua.

La payasa contó tres, dos, uno, y se dejó caer hacia atrás. Aterrizó en nuestras manos, sin problemas. Era más liviana de lo que me había imaginado.

En ese momento, a treinta centímetros de mi cara, la chica rubia juntó los labios y me tiró un beso. Yo me quedé paralizado, como si estuviera en peligro.

—Che ustedes… —nos llamó la payasa, esta vez desde abajo—. Me tienen que dejar en el suelo en algún momento…

2

 

Cuando la payasa ya estuvo de pie sin los zancos le pidió al público que nos diera un aplauso. Nosotros nos bajamos del escenario y nos sentamos juntos sin hablarnos. No se me ocurría nada mejor que el silencio. Fue ella la que activó, por suerte. Sacó un porro de su campera y me preguntó si quería ir a fumar afuera.

Salimos y mientras prendía me preguntó si escribía, si tenía pensado subir a leer algo.

—Escribo, pero no voy a leer —respondí negando con la cabeza—. Lo acabo de decidir ahora…

—Son raros estos eventos de poesía… Son como… Incómodos —me dijo.

—A mí me parece que no tengo lo que hace falta, no tengo un acto… Como la chica de recién…  Me pasa siempre lo mismo. Voy a los eventos, leo mis cosas y creo que no le gusto a la gente, al final nadie aplaude…

—¿Y eso qué tiene? ¿Vos escribís por los aplausos? —me preguntó pasándome el faso.

—No… No es eso… —me quejé—. Pero igual duele un poco…

Hice una seca y miré para adentro a través de la puerta. Ya había alguien en el escenario, parado frente al micrófono, recitando con el celular en la mano.

—¿Y vos? ¿Vas a leer algo? —le pregunté.

—Tampoco… —contestó—. Lo acabo de decidir ahora…

Le devolví el faso y ella se puso a dibujar algo en el aire con la punta prendida y el humo que soltaba.

—¿Se entiende que es? —me preguntó.

—¿Unas letras?

—Nop…

—¿Un árbol?

—Tampoco…

—Ni idea…

—Es tu cara, sonso. ¿No ves?

—Ah, no había entendido… —contesté mirando el lugar en el aire en donde flotaba el dibujo imaginario.

Ella sacó entonces el encendedor del bolsillo de su pantalón, lo levantó y lo encendió debajo de donde supuestamente estaba mi cara.

—¿Sentís algo?

—No siento nada —le respondí.

—Qué suerte… —agregó en voz baja.

 

Ella guardó el encendedor de nuevo en el pantalón y se sentó a mi lado en la vereda. Apoyó la cabeza en mi hombro y me dijo:

—Es horrible sentir demasiado… 

Después de eso nos quedamos callados. Yo me incliné un poco para sentir su pelo. Desde adentro nos llegaba la voz lejana de una poeta anónima frente al micrófono. El callejón estaba vacío excepto por nosotros y los dos cráneos de vaca que apuntaban sus ojos vacíos hacia arriba, a la luna cortada al medio.

—Me gusta que sea un momento incómodo… Igual… —le dije después de un rato—. Leer en voz alta, al frente del público… No sé… A veces los momentos incómodos valen la pena…

Ella levantó la cara. Debajo de la nariz le noté una cicatriz que le estiraba el labio hacia arriba. En ese momento intenté darle un beso, pero ella me puso la mano en el pecho y me alejó despacio.

—Perdón… —le dije.

Ella negó con la cabeza. Hizo una seca profunda del faso y me largó el humo en la cara.

—¿Qué pensás de ese momento?… ¿Fue incómodo?  —me preguntó.  

Yo contesté poniéndole la mano en la pierna. Bastante arriba de la rodilla. Pasamos un rato largo en silencio y empecé a pensar que tal vez le estaba dando miedo. Iba a sacar la mano y preguntarle si quería ir adentro cuando me dijo:

—Ahora que ninguno de los dos va a leer ¿No me acompañás a la terminal? Se me está por pasar el último colectivo.