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En Mi nombre, mi nombre no importa se retratan los cuidados que una hija tiene que llevar adelante con una madre con alzhéimer. Los textos abordan esta historia (o estas vivencias) en los límites que van de la escritura íntima de diario a registros más cercanos a la poesía, pero sin dejar de lado, aún en medio de dolores y padecimientos, el humor como un modo vital de abordar la existencia y su fin. * “El nombre importa para no caer, no importa cuando se escribe, y Gilda escribe con el filo de una katana. Como los japoneses, hiere con delicadeza. Hay una estética que sostiene tanto dolores como amores, que da cuenta de la belleza como política de ejercer las emociones y dejarse afectar hasta el poema. Los textos breves reunidos en este libro, que juntos conforman los capítulos de una novela, tienen la magia de confundir el huir y el permanecer (de las dos voces que in-evitablemente sobreviven). Son condensaciones despiadadas y suaves de lo vital, que aparecen en el encuentro de la madre y la hija, entre la lucidez y la confusión, entre la tele prendida y una pared. En Mi nombre, mi nombre no importa anochece y amanece en cada texto, y los fantasmas hablan en voz alta cuando la narradora los mira a los ojos. La hija arrulla a la madre y nos deja dormir, y Gilda, tu nombre, tu nombre sí importa.” Soledad Vargas

MI NOMBRE MI NOMBRE NO IMPORTA - GILDA PATRICIA GUZMAN

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En Mi nombre, mi nombre no importa se retratan los cuidados que una hija tiene que llevar adelante con una madre con alzhéimer. Los textos abordan esta historia (o estas vivencias) en los límites que van de la escritura íntima de diario a registros más cercanos a la poesía, pero sin dejar de lado, aún en medio de dolores y padecimientos, el humor como un modo vital de abordar la existencia y su fin. * “El nombre importa para no caer, no importa cuando se escribe, y Gilda escribe con el filo de una katana. Como los japoneses, hiere con delicadeza. Hay una estética que sostiene tanto dolores como amores, que da cuenta de la belleza como política de ejercer las emociones y dejarse afectar hasta el poema. Los textos breves reunidos en este libro, que juntos conforman los capítulos de una novela, tienen la magia de confundir el huir y el permanecer (de las dos voces que in-evitablemente sobreviven). Son condensaciones despiadadas y suaves de lo vital, que aparecen en el encuentro de la madre y la hija, entre la lucidez y la confusión, entre la tele prendida y una pared. En Mi nombre, mi nombre no importa anochece y amanece en cada texto, y los fantasmas hablan en voz alta cuando la narradora los mira a los ojos. La hija arrulla a la madre y nos deja dormir, y Gilda, tu nombre, tu nombre sí importa.” Soledad Vargas