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Fragmento del libro: Llevo mucho tiempo en la prisión. Tantos años que no recuerdo ya el olor al jazmín. Puedo con precisión indicar sí, los años e incluso contar por días, el tiempo que me alojo en esta oscura y pequeña habitación de cemento, enrejada y con una pequeña ventana que es mi único asilo en la noche. Los detalles de este habitáculo los iré describiendo a lo largo del relato. Conozco todo sobre este cubículo: sus dimensiones, espesura, dilataciones, ruidos, equinas y colores que con el tiempo se van superponiendo. No hay mucho que describir de este especial lugar, aunque sea el albergue que contiene este frágil y postergado cuerpo marchito. El tiempo, creo, es mi mejor aliado. Soy, como me gusta decir, amigo del tiempo. Aunque, también soy su rehén y, a su vez, su espera. Él puede irse y yo sigo aquí. El tiempo se va, visita otros sitios, se detiene, avanza lentamente, se conmueve de los domingos y vuelve… pero yo sigo ahí, estanco en este espacio inmutable que me hace recordar que la espera es el mejor remedio para la ansiedad. No hay tiempo en este sitio si se quiere transitarlo con ansiedad. Aquí, tiempo y espacio se conjugan en patrones que rompen toda dimensión y física, para descomponerse en un triste devenir del aquí y ahora; sin futuro y con un presente eterno; sin pasado y en un ser que día a día, ya no es. Respiro hondo para recordar quien era. Ya no soy aquel tiempo que fui. Menos que menos aquel que vestía elegantemente y con una risa siempre fresca pedía un café con medialunas, mientras leía el matutino en el bar de costumbre, para después hacer las diligencias propias de un oficinista. El tiempo en este sitio, me hizo ser distinto de quien era. Ya no río a menudo. Ya no río. Mi gesto adusto, de mirada errante, con surcos en el seño, reflejan, poco a poco, mi ingreso a la vejez y la pérdida de aquella jovial juventud. No sólo mi físico ha cambiado; también con él mis recuerdos, mis gustos, mi manera de contemplar. Soy más reflexivo y menos entusiasta y ya no me ocupan las noticias de política, economía ni llevo registros de tiempos electorales. Ya no me quejo por la comida que aquí sirven ni me apetece comer pastas con crema. Apenas me limito a esperar que llegue la noche para poder recordar e imaginar conversaciones, diálogos, paisajes y anécdotas mientras dormito, en un estado de entresueños o, cuando no puedo conciliar mi ansiedad, recordar aquello que perdí. Decía que podía indicar con precisión el tiempo que llevo aquí. Y es mucho: cinco mil doscientos cuarenta y dos días; algo más de catorce años y cuatro meses. Aprendí a contarlos sin calendario. Los llevo en la memoria. Es como un mantra cada mañana repetir el día anterior y sumarle este nuevo. Así llevo la cuenta o, visto de otra manera, la cuenta me lleva a mí. La rutina ha cambiado a lo largo de los años. Ya no permiten salir los lunes por la tarde al patio y los miércoles ya no hay visitas. La monotonía de la habitación exige imaginar y conversar con uno mismo, con sus recuerdos, con sus proyecciones, con la ventana y el cambio de estación que trae la luz que en ella puedo ver. Todo marcha según lo planeado aquí. A las siete mi reloj biológico me despierta, luego de no haber dormido. A las nueve el polizón trae el té negro, con dos bollitos de pan. A las trece, el almuerzo; por lo general puré de papa con carne o arroz con porotos negros; y a las diecinueve treinta horas, la cena: verduras cocidas y un especial de manzana azada o en compota. Ya no traen —por la reducción de costos, suelen decir— la berenjena rellena de carne molida y cebolla, con salsa de tomate, la que de a poco se fue convirtiendo en mi preferido y por el cual sabía que era viernes. La variación del personal no es una constante en el penal. Por el contrario, se sostiene casi inalterable; aunque creo que cambió la cocinera, ya que la comida no tiene mucha sal como antes y el arroz viene muy hervido y aguado. Solemos decir, entre los miembros de la casa, que todos estamos en esta misma aventura y privados de la libertad. Algunos con retiro o franco cada quince días, con sueldos magros y que alcanzan apenas para cubrir el transporte de ir y venir y alguna que otra disposición; otros, permanentes y sin posibilidad de viaje. Pero todos, al fin y al cabo, en esta misma y triste prisión; en tareas repartidas y con funciones diversas: directivos, polizones, enfermeros, cocineros o reclusos. Por el tiempo que estamos aquí, aprendí que todos somos personal permanente y que, por alguna rara disposición, de seguro, también aquellos servidores purgan alguna pena. El régimen carcelario es de estricto encierro y silencio. Uno por celda, sin salida y con escasa comunicación entre muros. El tok tok que hace el golpear con el puño la pared, es nuestra única comunicación. Hemos perfeccionado la técnica y llevamos este sonido al alfabeto y hasta hemos trazado complejas palabras y síntesis del diálogo. Tres golpes rápidos y continuos, avisa de la situación de alguna razia que se aproxima. Un golpe seco y rotundo, da cuenta de peligro y de inminente control, que nos obliga al orden. Es que es común que de repente, se altere la tranquilidad, bajo la excusa de control de higiene. Es una manera que tienen ellos de recordarnos que no estamos en un convento. El silbido es excepcional y dice de un nuevo miembro que se incorpora. A veces hay gritos. ¡Muchos gritos! El que sabemos callan con alguna dosis de calmantes. Todos estamos a perpetuidad. Todos por delitos que no cometimos y por injusta aplicación del derecho. Es una regla no escrita esta suerte, la que enseña nunca indagar en el hecho cometido y, menos aún, atribuir responsabilidad. La condena es lo cierto; las razones de ella, no se indagan. Algunos lo fueron por un testigo falso, otros porque el juez se conmovió de manera personal e hizo suya la causa aplicando justicia y condenando al reo pero sin más pruebas que su emoción y recto parecer; otras veces por reconocer un hecho que no sucedió y en un juicio abreviado, para evitar que un hermano, hijo o ser querido —por ejemplo— cayera, toda vez que éste no podría aguantar el martirio e indignidad del encierro. Otros lo estamos por impulsivos y predicadores del cambio divino. La conducta motivante, a decir verdad, no la sabemos; nadie sabe la razón por la que está aquí. Nos convencemos de alguna de ellas y revisamos nuestros días pasados para comprender lo que pasó. Es sabido sí, por el sufrimiento que nos reporta, que cargamos con una pena que se traslada en encierro, en tormentoso y desproporcional encierro; en un calamitoso, leonino, brutal e irreversible modo de aniquilación de toda ánima, donde sólo queda la imaginación —si es que queda—, mientras se mira a un muro bruto y seco y a su lontananza.

EN LA MENTE DE UN ENCIERRO - ALFREDO IGNACIO ALONSO

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Fragmento del libro: Llevo mucho tiempo en la prisión. Tantos años que no recuerdo ya el olor al jazmín. Puedo con precisión indicar sí, los años e incluso contar por días, el tiempo que me alojo en esta oscura y pequeña habitación de cemento, enrejada y con una pequeña ventana que es mi único asilo en la noche. Los detalles de este habitáculo los iré describiendo a lo largo del relato. Conozco todo sobre este cubículo: sus dimensiones, espesura, dilataciones, ruidos, equinas y colores que con el tiempo se van superponiendo. No hay mucho que describir de este especial lugar, aunque sea el albergue que contiene este frágil y postergado cuerpo marchito. El tiempo, creo, es mi mejor aliado. Soy, como me gusta decir, amigo del tiempo. Aunque, también soy su rehén y, a su vez, su espera. Él puede irse y yo sigo aquí. El tiempo se va, visita otros sitios, se detiene, avanza lentamente, se conmueve de los domingos y vuelve… pero yo sigo ahí, estanco en este espacio inmutable que me hace recordar que la espera es el mejor remedio para la ansiedad. No hay tiempo en este sitio si se quiere transitarlo con ansiedad. Aquí, tiempo y espacio se conjugan en patrones que rompen toda dimensión y física, para descomponerse en un triste devenir del aquí y ahora; sin futuro y con un presente eterno; sin pasado y en un ser que día a día, ya no es. Respiro hondo para recordar quien era. Ya no soy aquel tiempo que fui. Menos que menos aquel que vestía elegantemente y con una risa siempre fresca pedía un café con medialunas, mientras leía el matutino en el bar de costumbre, para después hacer las diligencias propias de un oficinista. El tiempo en este sitio, me hizo ser distinto de quien era. Ya no río a menudo. Ya no río. Mi gesto adusto, de mirada errante, con surcos en el seño, reflejan, poco a poco, mi ingreso a la vejez y la pérdida de aquella jovial juventud. No sólo mi físico ha cambiado; también con él mis recuerdos, mis gustos, mi manera de contemplar. Soy más reflexivo y menos entusiasta y ya no me ocupan las noticias de política, economía ni llevo registros de tiempos electorales. Ya no me quejo por la comida que aquí sirven ni me apetece comer pastas con crema. Apenas me limito a esperar que llegue la noche para poder recordar e imaginar conversaciones, diálogos, paisajes y anécdotas mientras dormito, en un estado de entresueños o, cuando no puedo conciliar mi ansiedad, recordar aquello que perdí. Decía que podía indicar con precisión el tiempo que llevo aquí. Y es mucho: cinco mil doscientos cuarenta y dos días; algo más de catorce años y cuatro meses. Aprendí a contarlos sin calendario. Los llevo en la memoria. Es como un mantra cada mañana repetir el día anterior y sumarle este nuevo. Así llevo la cuenta o, visto de otra manera, la cuenta me lleva a mí. La rutina ha cambiado a lo largo de los años. Ya no permiten salir los lunes por la tarde al patio y los miércoles ya no hay visitas. La monotonía de la habitación exige imaginar y conversar con uno mismo, con sus recuerdos, con sus proyecciones, con la ventana y el cambio de estación que trae la luz que en ella puedo ver. Todo marcha según lo planeado aquí. A las siete mi reloj biológico me despierta, luego de no haber dormido. A las nueve el polizón trae el té negro, con dos bollitos de pan. A las trece, el almuerzo; por lo general puré de papa con carne o arroz con porotos negros; y a las diecinueve treinta horas, la cena: verduras cocidas y un especial de manzana azada o en compota. Ya no traen —por la reducción de costos, suelen decir— la berenjena rellena de carne molida y cebolla, con salsa de tomate, la que de a poco se fue convirtiendo en mi preferido y por el cual sabía que era viernes. La variación del personal no es una constante en el penal. Por el contrario, se sostiene casi inalterable; aunque creo que cambió la cocinera, ya que la comida no tiene mucha sal como antes y el arroz viene muy hervido y aguado. Solemos decir, entre los miembros de la casa, que todos estamos en esta misma aventura y privados de la libertad. Algunos con retiro o franco cada quince días, con sueldos magros y que alcanzan apenas para cubrir el transporte de ir y venir y alguna que otra disposición; otros, permanentes y sin posibilidad de viaje. Pero todos, al fin y al cabo, en esta misma y triste prisión; en tareas repartidas y con funciones diversas: directivos, polizones, enfermeros, cocineros o reclusos. Por el tiempo que estamos aquí, aprendí que todos somos personal permanente y que, por alguna rara disposición, de seguro, también aquellos servidores purgan alguna pena. El régimen carcelario es de estricto encierro y silencio. Uno por celda, sin salida y con escasa comunicación entre muros. El tok tok que hace el golpear con el puño la pared, es nuestra única comunicación. Hemos perfeccionado la técnica y llevamos este sonido al alfabeto y hasta hemos trazado complejas palabras y síntesis del diálogo. Tres golpes rápidos y continuos, avisa de la situación de alguna razia que se aproxima. Un golpe seco y rotundo, da cuenta de peligro y de inminente control, que nos obliga al orden. Es que es común que de repente, se altere la tranquilidad, bajo la excusa de control de higiene. Es una manera que tienen ellos de recordarnos que no estamos en un convento. El silbido es excepcional y dice de un nuevo miembro que se incorpora. A veces hay gritos. ¡Muchos gritos! El que sabemos callan con alguna dosis de calmantes. Todos estamos a perpetuidad. Todos por delitos que no cometimos y por injusta aplicación del derecho. Es una regla no escrita esta suerte, la que enseña nunca indagar en el hecho cometido y, menos aún, atribuir responsabilidad. La condena es lo cierto; las razones de ella, no se indagan. Algunos lo fueron por un testigo falso, otros porque el juez se conmovió de manera personal e hizo suya la causa aplicando justicia y condenando al reo pero sin más pruebas que su emoción y recto parecer; otras veces por reconocer un hecho que no sucedió y en un juicio abreviado, para evitar que un hermano, hijo o ser querido —por ejemplo— cayera, toda vez que éste no podría aguantar el martirio e indignidad del encierro. Otros lo estamos por impulsivos y predicadores del cambio divino. La conducta motivante, a decir verdad, no la sabemos; nadie sabe la razón por la que está aquí. Nos convencemos de alguna de ellas y revisamos nuestros días pasados para comprender lo que pasó. Es sabido sí, por el sufrimiento que nos reporta, que cargamos con una pena que se traslada en encierro, en tormentoso y desproporcional encierro; en un calamitoso, leonino, brutal e irreversible modo de aniquilación de toda ánima, donde sólo queda la imaginación —si es que queda—, mientras se mira a un muro bruto y seco y a su lontananza.