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La partícula fantasma, de Gustavo Dotti, persigue a la vez dos espectros. El primero es el de Ettore Majorana, el célebre físico italiano desaparecido en 1938 que vislumbró la inminente fisión nuclear y prefirió “disolverse en el aire”, en un acto de escapismo que –quizá- podría haberlo llevado a Argentina. El segundo es el espectro aún más huidizo que se desprende de toda vida, y que atormenta al profesor y protagonista contemporáneo Tobía: las posibilidades no seguidas, los caminos marcados que dejan atrás, en cada bifurcación del árbol, partes en suspenso de uno mismo. Así, la vida que pudo ser de Majorana en la Argentina de los 40 se alterna en una progresión de paralelas misteriosas con el pasado familiar y el presente de Tobía. Leonardo Sciascia, que dejó en La desaparición de Majorana los signos de pregunta sobre su fugitivo en la cubierta de un buque, sin duda leería absorto esta novela que sigue a ese buque y logra, además de todo, (y entiéndase por “todo” la suma de lo que uno espera encontrar en una gran novela) una conexión simbólica de rigor casi milagroso con la partícula de existencia elusiva que Majorana conjeturó antes de su mutis final.

LA PARTICULA FANTASMA - GUSTAVO DOTTI

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La partícula fantasma, de Gustavo Dotti, persigue a la vez dos espectros. El primero es el de Ettore Majorana, el célebre físico italiano desaparecido en 1938 que vislumbró la inminente fisión nuclear y prefirió “disolverse en el aire”, en un acto de escapismo que –quizá- podría haberlo llevado a Argentina. El segundo es el espectro aún más huidizo que se desprende de toda vida, y que atormenta al profesor y protagonista contemporáneo Tobía: las posibilidades no seguidas, los caminos marcados que dejan atrás, en cada bifurcación del árbol, partes en suspenso de uno mismo. Así, la vida que pudo ser de Majorana en la Argentina de los 40 se alterna en una progresión de paralelas misteriosas con el pasado familiar y el presente de Tobía. Leonardo Sciascia, que dejó en La desaparición de Majorana los signos de pregunta sobre su fugitivo en la cubierta de un buque, sin duda leería absorto esta novela que sigue a ese buque y logra, además de todo, (y entiéndase por “todo” la suma de lo que uno espera encontrar en una gran novela) una conexión simbólica de rigor casi milagroso con la partícula de existencia elusiva que Majorana conjeturó antes de su mutis final.