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Miguel Briante reivindica, desde esta selección de cuentos, una literatura menor en el sentido deleuzeano (literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor), e instala el margen en el centro de su búsqueda. Podría pesarse que la elección de lo provinciano -el margen- resulta una típica elección de hombre de letras de la época, el voto maniqueo de la barbarie confrontada con la civilización. Y aun cuando la presunción pueda arrimar alguna justicia al procedimiento, su búsqueda, sin embargo, merece ser contemplada desde otro ángulo, lo dialectal reformulado como estrategia de experimentación lingüística y, en simultaneidad, con un alto poder de emoción. En resumen, una operación ideológica y estética -marcada por Guillermo Sacomano-, resignificando con una estrategia lírica una lengua marginada, transformándola en materia y razón de ser de una escritura que prueba que la solidaridad con el lector no necesariamente debe apelar a la demagogia.

Los textos que componen el libro son una docena, y comienza con “Capítulo primero”, dedicado a Jorge Cedrón, y le siguen “Último día”, “La Vasca”, “Dijo que tenía que volver” (dedicado a Luis Vaccari), “Fin de Iglesias”, “Hombre en la orilla” (a Ricardo Piglia), “Habrá que matar los perros”, “A lo largo de esa calle que da al río”, “Ley de juego”, “De más lejos”, “Inglés”, “Salen a mirar sombras”. Todos de buena factura, parejos en estilo y sensaciones, donde siempre dejan asomarse pequeñas gemas de valor compositivo-impresionista.

LEY DE JUEGO - BRIANTE MIGUEL

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Miguel Briante reivindica, desde esta selección de cuentos, una literatura menor en el sentido deleuzeano (literatura que una minoría hace dentro de una lengua mayor), e instala el margen en el centro de su búsqueda. Podría pesarse que la elección de lo provinciano -el margen- resulta una típica elección de hombre de letras de la época, el voto maniqueo de la barbarie confrontada con la civilización. Y aun cuando la presunción pueda arrimar alguna justicia al procedimiento, su búsqueda, sin embargo, merece ser contemplada desde otro ángulo, lo dialectal reformulado como estrategia de experimentación lingüística y, en simultaneidad, con un alto poder de emoción. En resumen, una operación ideológica y estética -marcada por Guillermo Sacomano-, resignificando con una estrategia lírica una lengua marginada, transformándola en materia y razón de ser de una escritura que prueba que la solidaridad con el lector no necesariamente debe apelar a la demagogia.

Los textos que componen el libro son una docena, y comienza con “Capítulo primero”, dedicado a Jorge Cedrón, y le siguen “Último día”, “La Vasca”, “Dijo que tenía que volver” (dedicado a Luis Vaccari), “Fin de Iglesias”, “Hombre en la orilla” (a Ricardo Piglia), “Habrá que matar los perros”, “A lo largo de esa calle que da al río”, “Ley de juego”, “De más lejos”, “Inglés”, “Salen a mirar sombras”. Todos de buena factura, parejos en estilo y sensaciones, donde siempre dejan asomarse pequeñas gemas de valor compositivo-impresionista.