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¿Para qué queremos lo que no resiste?", se pregunta, contra la época, la que escribe estos poemas. Animado por una ironía sabia, por una extrañeza leve, Un dios turquesa nos lleva a un terreno que parece fácil de habitar: una bignonia que no se podó a tiempo, la luz del televisor en el pasillo, un cuerpo amado que aparece en el pasto brillante, las conversaciones por whatapp. Y desde ahí, con el idioma de todos los días, hace un paso sutil, un desplazamiento casi imperceptible que nos lleva a otro espacio, a una grieta, por donde se filtran las preguntas que insisten en la materia. Del lavarropas al mito fundante, ese al que se vuelve antes de "apretar el botón de la guerra privada"; del consultorio a lo remoto, al colegio y a las vírgenes de porcelana, sin ingenuidad y sin estruendo, Fer Nicolini se interna en el lenguaje del amor, de la genealogía, la política, y se afirma en un linaje perspicaz, ese que no necesita colgarse de grandes marquesinas. Ese que es capaz de encontrar en la familiaridad, en la repetición, un talismán: ese "pacto de corriente continua" que, "si se cortara, nos dejaría a oscuras". Eloísa Oliva

UN DIOS TURQUESA - FERNANDA NICOLINI

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¿Para qué queremos lo que no resiste?", se pregunta, contra la época, la que escribe estos poemas. Animado por una ironía sabia, por una extrañeza leve, Un dios turquesa nos lleva a un terreno que parece fácil de habitar: una bignonia que no se podó a tiempo, la luz del televisor en el pasillo, un cuerpo amado que aparece en el pasto brillante, las conversaciones por whatapp. Y desde ahí, con el idioma de todos los días, hace un paso sutil, un desplazamiento casi imperceptible que nos lleva a otro espacio, a una grieta, por donde se filtran las preguntas que insisten en la materia. Del lavarropas al mito fundante, ese al que se vuelve antes de "apretar el botón de la guerra privada"; del consultorio a lo remoto, al colegio y a las vírgenes de porcelana, sin ingenuidad y sin estruendo, Fer Nicolini se interna en el lenguaje del amor, de la genealogía, la política, y se afirma en un linaje perspicaz, ese que no necesita colgarse de grandes marquesinas. Ese que es capaz de encontrar en la familiaridad, en la repetición, un talismán: ese "pacto de corriente continua" que, "si se cortara, nos dejaría a oscuras". Eloísa Oliva