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El provocador título elegido por Carlos García, Borges, mal lector, reproduce el de uno de los 36 trabajos incluidos en este volumen, ordenados del modo siguiente: 32 textos dedicados a Borges, 3 a su hermana Norah y 1 a su padre Jorge Guillermo; al final, se registran cronológicamente las publicaciones del autor, 24 títulos de libros y el plan de 8 Cuadernos de Hamburgo, recopilación de trabajos dispersos (Madrid, Albert editor); se cuenta pues, con un inventario del amplio espectro temático tratado por el autor. El texto aludido, Borges, mal lector (2011), es una conferencia escrita para las Jornadas Interna­cionales “Borges lector”, organizadas por la Biblioteca Nacional, leído con variantes en la Universidad Complutense (Madrid), en la UBA (Buenos Aires) y en Córdoba (UNC), se publica una versión modificada en marzo de 2018. El planteo adopta cuatro ejes interpretativos: 1) Mal lector por error; 2) Mal lector intencional 3) Mal lector falso y 4) Borges, el mejor mal lector. Tal estrategia le permite desplegar el equívoco del traductor, las audaces operaciones de despistes oscilantes entre real y ficcional, mixtura de datos ciertos, fraguados y dudosos, propios de la maestría de Borges en la creación de universos paradójicos e inquietantes, y finalmente, calificarlo de “lector fuerte”, manipulador de textos “ajenos” atento a sus propios deseos y fines literarios en franco desafío a lo apócrifo y a ciertos señalamientos de plagio. Claro está para cualquier especialista que hablar de “Borges lector” es un tópico reconocido, no obstante me parece atinado acudir a Piglia (otro eximio lector), quien en su libro El último lector (2005), procura definir a Borges, lector por antonomasia, aduciendo: “Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente.” (19) y más adelante remata: “Por eso, una de las claves de ese lector inventado por Borges es la libertad en el uso de los textos, la disposición a leer según su interés y su necesidad. Cierta arbitrariedad, cierta inclinación deliberada a leer mal, a leer fuera de lugar, a relacionar series imposibles. La marca de esta autonomía absoluta del lector en Borges es el efecto de ficción que produce la lectura.” (28) Traigo a colación estas lúcidas convergencias porque me parece justo que “nuestro lector” sepa con certeza que doy noticias de un libro que lo proveerá de valiosos y sustanciales contenidos sobre las vanguar­dias históricas en general y del Joven Borges en particular. Los textos de García, cada uno y en conjunto, llevan la impronta de su estilo personal, austero, por no decir despojado, en aras del dato preciso y un “obstinado rigor” que atestigua la consistencia y bien temperada erudición, alcanzadas tras muchos años de laboriosas indagaciones con resultados exce­lentes. En este sentido, hay que anotar que el dispositivo epistemológico de García está en las antípodas de Borges, puesto que sus búsquedas detectivescas suponen una creencia firme en descubrir/hallar la verdad de los hechos, de constatar y corroborar con pruebas fehacientes las hipótesis de investigación. Por esta vía, el fino olfato, entrenado y sagaz, del sabueso-lector García ejerce una prosa diáfana, informativa y exenta de barroquismos ambiguos.

BORGES MAL LECTOR - GARCIA CARLOS

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El provocador título elegido por Carlos García, Borges, mal lector, reproduce el de uno de los 36 trabajos incluidos en este volumen, ordenados del modo siguiente: 32 textos dedicados a Borges, 3 a su hermana Norah y 1 a su padre Jorge Guillermo; al final, se registran cronológicamente las publicaciones del autor, 24 títulos de libros y el plan de 8 Cuadernos de Hamburgo, recopilación de trabajos dispersos (Madrid, Albert editor); se cuenta pues, con un inventario del amplio espectro temático tratado por el autor. El texto aludido, Borges, mal lector (2011), es una conferencia escrita para las Jornadas Interna­cionales “Borges lector”, organizadas por la Biblioteca Nacional, leído con variantes en la Universidad Complutense (Madrid), en la UBA (Buenos Aires) y en Córdoba (UNC), se publica una versión modificada en marzo de 2018. El planteo adopta cuatro ejes interpretativos: 1) Mal lector por error; 2) Mal lector intencional 3) Mal lector falso y 4) Borges, el mejor mal lector. Tal estrategia le permite desplegar el equívoco del traductor, las audaces operaciones de despistes oscilantes entre real y ficcional, mixtura de datos ciertos, fraguados y dudosos, propios de la maestría de Borges en la creación de universos paradójicos e inquietantes, y finalmente, calificarlo de “lector fuerte”, manipulador de textos “ajenos” atento a sus propios deseos y fines literarios en franco desafío a lo apócrifo y a ciertos señalamientos de plagio. Claro está para cualquier especialista que hablar de “Borges lector” es un tópico reconocido, no obstante me parece atinado acudir a Piglia (otro eximio lector), quien en su libro El último lector (2005), procura definir a Borges, lector por antonomasia, aduciendo: “Un lector es también el que lee mal, distorsiona, percibe confusamente.” (19) y más adelante remata: “Por eso, una de las claves de ese lector inventado por Borges es la libertad en el uso de los textos, la disposición a leer según su interés y su necesidad. Cierta arbitrariedad, cierta inclinación deliberada a leer mal, a leer fuera de lugar, a relacionar series imposibles. La marca de esta autonomía absoluta del lector en Borges es el efecto de ficción que produce la lectura.” (28) Traigo a colación estas lúcidas convergencias porque me parece justo que “nuestro lector” sepa con certeza que doy noticias de un libro que lo proveerá de valiosos y sustanciales contenidos sobre las vanguar­dias históricas en general y del Joven Borges en particular. Los textos de García, cada uno y en conjunto, llevan la impronta de su estilo personal, austero, por no decir despojado, en aras del dato preciso y un “obstinado rigor” que atestigua la consistencia y bien temperada erudición, alcanzadas tras muchos años de laboriosas indagaciones con resultados exce­lentes. En este sentido, hay que anotar que el dispositivo epistemológico de García está en las antípodas de Borges, puesto que sus búsquedas detectivescas suponen una creencia firme en descubrir/hallar la verdad de los hechos, de constatar y corroborar con pruebas fehacientes las hipótesis de investigación. Por esta vía, el fino olfato, entrenado y sagaz, del sabueso-lector García ejerce una prosa diáfana, informativa y exenta de barroquismos ambiguos.